La postal de Valparaíso con moka - Fisura

viernes, 17 de enero de 2014

La postal de Valparaíso con moka



Cualquier persona que vaya a Valparaíso por el fin de semana se enamora de Valpo. Sin embargo cualquiera que se haya quedado a vivir aprende a odiarlo de a poco como a la madre, pero ese odio se tuerce cada cierto tiempo y uno termina por hacerlo propio hasta olvidar que es odio y Valpo sigue ahí pareciendo más bonito de lo que es o fingiendo serlo. 

Barrio Miseria es una fotografía de Valpo que no es una postal, pero bien parece una polaroid de esa mendicidad terrible y oxidada de la capital cultural de Chile. Me tocó ver esta obra ayer y, a pesar de que por lo general cualquier trabajo que pretenda hablar desde la degradación me parece una redundancia, esta obra terminó por gustarme, por tirarme el pelo, no sé, por entretenerme de manera fatal. Quizá porque tenía un par de cosas que me recordaron a ese tiempo en que viví en Valparaíso o quizá porque la historia era reconocible tanto en lo cotidiano como en lo imaginario, más bien en lo colectivo, de Valpo. Esa fonola, ese rincón lleno de gente y esa arquitectura que se cae a pedazos pero que se sostiene. 

En Barrio Miseria conviven todos los personajes que se repiten en sí mismos y que son los típicos que en Valpo van cualquier día de la semana desde Playa Ancha hasta el Lider, ida y vuelta en micro: Punketas, un peruano, una madre, una hija, un corporeo de Barney, unos flaites, el amigo del loco, varios drogos y un weón que llama por teléfono. Todo ocurre en una pieza. Chica, modificable y retráctil como cualquier construcción porteña. Cuma, venida a menos. Con ese tufillo a Báltica medio rancio y con entretecho (no sería Valparaíso si en la obra no hubiera un entretecho). Y ahí se entrelaza una historia sencilla que habla de la porteñidad que tanto gusta a los escritores y a los universitarios (pero que es odiada por alcaldes y dueñas de casa), esa de los cerros y los traficas, de la pasta, del callamperío, del choro flaco que jamás ha trabajado un día, pero es choro igual porque es de Valpo. Al final en esta historia no hay moraleja porque en la vida de la gente pobre del puerto jamás hay nada que sacar como resultado excepto la rutina misma de la muerte y la mala suerte, y eso nos queda claro al terminar de ver la obra.  

Poco antes de irme al teatro me enteré que esta obra está inspirada en un cuento del escritor Daniel Hidalgo. El mismo que escribió el libro Canciones punk para señoritas autodestructivasEntonces no me parece raro que la obra se sostenga porque viene de la mano de un escritor joven que a la hora de hablar de Valpo no le hace el quite a los pitos ni se queda pegado en el Perro Julio o en los ascensores que ya no funcionan, sino que habla desde esa marginalidad que es tan cunetera que no tiene ni clichés, pero que se reconoce porque es triste y sucia y húmeda y fea. Tiene algo de Ciudad de Dios, algo de ese punk de los 90 que no era de salir a vender flores de papel lustre, sino de andar caminando en los trenes muertos de SanBeka o pegándole a los cuicos. Como esos punkies de La Reina que se agarraban a combos con los milicos de primer año de la escuela militar o los que se metían en piños chicos a las tocatas de San Miguel y terminaban sangrando con una chela en la mano. 

Viendo la obra me acordé de dos cosas que me ocurrieron en Valpo. La primera es un día que salí a buscar casa y me metí por un pasaje que está por la subida Artillería pa arriba. Habían casas con planchas de calamina muy oxidada y una señora en un negocio me recomendó que no me metiera porque se notaba que yo no era de por ahí, entonces me podía pasar algo. Le dije No se preocupe eñora si sé cuidarme y a los cinco minutos salí cagando porque había una redada de la PDI y empezaron a pegar balazos y me di cuenta que, con mi cara de miedo, claramente no era de ahí. La segunda cosa de la que me acordé es de una vez en que estaba con mi mujer comprando paltas al guatón que vende verduras en Bellavista al lado del restorán chino y de repente un compa se puso a pelear con otro y el loco más brígido sacó un palo y el otro se fue gritándole "Qué tanto si yo nací en la calle!... nací en la calle" y se pegaba en el pecho a medida que se alejaba y decía "Nací en la calle" y yo pensaba que hay códigos que a veces uno no entiende. Porque una cosa es pensar en el frío pero otra cosa muy diferente es nacer con frío. Una cosa es la calle y otra es ser parte de ella. Una wea es imaginarse la pobreza porque uno se leyó un cuento de Manuel Rojas o de Gómez Morel y otra cosa es ser pobre, ser choro, ser piteado o tener que verle la cara a los weones más brígidos en la mañana, en la noche, en el negocio o antes de ir al colegio. Me pasó que viendo la obra volví a ese Valparaíso que supuse siempre y al que le hice el quite porque está de más. Porque uno quiere el Valpo en el que se pasa bien y donde venden pescado frito y uno escucha Chinoy o el Gitano Rodriguez, pero ni cagando las quebradas negras en que se escucha el punk de Los Fiskales o el hiphop de Portavoz con caja de vino. o no?

Quedan dos funciones y vale dos lucas la entrada. No vale 10 lucas como las obras del santiagoamil. Vale dos, como debe ser. Así que corre.

BARRIO MISERIA | TEATRO NIÑO PROLETARIO | DIRIGIDIA POR LUIS GUENEL
Elenco: Giannina Fruttero, Francisca Cruces, Camila Espic, Fernanda Ramírez,
Claudio Riveros, Rodrigo Velásquez, Diego González, Diego Salvo.
Funciones: 14 al 18 de enero, 22:00 horas | Sala: Tennyson Ferrada, tercer nivel norte

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