Cualquier persona que vaya a Valparaíso por el fin de semana se enamora de Valpo. Sin embargo cualquiera que se haya quedado a vivir aprende a odiarlo de a poco como a la madre, pero ese odio se tuerce cada cierto tiempo y uno termina por hacerlo propio hasta olvidar que es odio y Valpo sigue ahí pareciendo más bonito de lo que es o fingiendo serlo.
Poco antes de irme al teatro me enteré que esta obra está inspirada en un cuento del escritor Daniel Hidalgo. El mismo que escribió el libro Canciones punk para señoritas autodestructivas. Entonces no me parece raro que la obra se sostenga porque viene de la mano de un escritor joven que a la hora de hablar de Valpo no le hace el quite a los pitos ni se queda pegado en el Perro Julio o en los ascensores que ya no funcionan, sino que habla desde esa marginalidad que es tan cunetera que no tiene ni clichés, pero que se reconoce porque es triste y sucia y húmeda y fea. Tiene algo de Ciudad de Dios, algo de ese punk de los 90 que no era de salir a vender flores de papel lustre, sino de andar caminando en los trenes muertos de SanBeka o pegándole a los cuicos. Como esos punkies de La Reina que se agarraban a combos con los milicos de primer año de la escuela militar o los que se metían en piños chicos a las tocatas de San Miguel y terminaban sangrando con una chela en la mano.
Viendo la obra me acordé de dos cosas que me ocurrieron en Valpo. La primera es un día que salí a buscar casa y me metí por un pasaje que está por la subida Artillería pa arriba. Habían casas con planchas de calamina muy oxidada y una señora en un negocio me recomendó que no me metiera porque se notaba que yo no era de por ahí, entonces me podía pasar algo. Le dije No se preocupe eñora si sé cuidarme y a los cinco minutos salí cagando porque había una redada de la PDI y empezaron a pegar balazos y me di cuenta que, con mi cara de miedo, claramente no era de ahí. La segunda cosa de la que me acordé es de una vez en que estaba con mi mujer comprando paltas al guatón que vende verduras en Bellavista al lado del restorán chino y de repente un compa se puso a pelear con otro y el loco más brígido sacó un palo y el otro se fue gritándole "Qué tanto si yo nací en la calle!... nací en la calle" y se pegaba en el pecho a medida que se alejaba y decía "Nací en la calle" y yo pensaba que hay códigos que a veces uno no entiende. Porque una cosa es pensar en el frío pero otra cosa muy diferente es nacer con frío. Una cosa es la calle y otra es ser parte de ella. Una wea es imaginarse la pobreza porque uno se leyó un cuento de Manuel Rojas o de Gómez Morel y otra cosa es ser pobre, ser choro, ser piteado o tener que verle la cara a los weones más brígidos en la mañana, en la noche, en el negocio o antes de ir al colegio. Me pasó que viendo la obra volví a ese Valparaíso que supuse siempre y al que le hice el quite porque está de más. Porque uno quiere el Valpo en el que se pasa bien y donde venden pescado frito y uno escucha Chinoy o el Gitano Rodriguez, pero ni cagando las quebradas negras en que se escucha el punk de Los Fiskales o el hiphop de Portavoz con caja de vino. o no?
Quedan dos funciones y vale dos lucas la entrada. No vale 10 lucas como las obras del santiagoamil. Vale dos, como debe ser. Así que corre.
BARRIO MISERIA | TEATRO NIÑO PROLETARIO | DIRIGIDIA POR LUIS GUENEL
Elenco: Giannina Fruttero, Francisca Cruces, Camila Espic, Fernanda Ramírez,
Claudio Riveros, Rodrigo Velásquez, Diego González, Diego Salvo.
Funciones: 14 al 18 de enero, 22:00 horas | Sala: Tennyson Ferrada, tercer nivel norte

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