Luis Alberto Heiremans fue uno de los escritores más prolíficos y representativos de la generación del 50 en nuestro país. En particular, su dramaturgia se considera como una de las bases fundamentales para la modernización de la dramaturgia chilena de la segunda mitad del siglo XX, período que se caracteriza por la exploración de nuevos lenguajes teatrales y la cristalización de una disciplina profesional y autónoma, que comienza a esbozar una identidad propia.
Nació en Santiago el 14 de julio de 1928 y su primera infancia transcurrió en una casa de la calle Toesca, junto a sus padres Óscar y Lucienne, y a sus hermanos Esther y Eugenio, ambos mayores. Ya desde niño mostró facilidad para crear personajes y contar historias. Solía jugar haciendo títeres, creando personajes y desarrollando vestuarios, especialmente junto a su prima Violeta Vidaurre Heiremans, quien terminó convirtiéndose en una actriz de renombre dentro del medio nacional.
Luis Alberto Heiremans fue un autor precoz. A los doce años, en 1940, la revista Margarita publicó un cuento suyo llamado "La Muerte". A partir de entonces y hasta 1948, una serie de otros cuentos suyos aparecieron en la misma Margarita y en la revista Zig Zag.
En 1950, cuando regresó a Chile luego de un viaje de un año por Europa, publicó su primer volumen de cuentos, titulado Los niños extraños. Heiremans, aunque se recibió de médico cirujano en 1954 en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, nunca ejerció la profesión; en cambio, optó por regalarle el título a su madre y dedicarse por completo a la literatura.
Eduardo Naveda, Mario Montilles y Héctor Noguera en "Versos de Ciego"
Esta decisión tuvo como fruto una vasta producción, compuesta por cuentos y piezas teatrales. Entre otras, escribió ¡Esta señorita Trini! (1958) -considerada el primer musical chileno-, la trilogía integrada por Versos de Ciego, El Abanderado y El Tony Chico, y la trilogía Buenaventura. Su obra narrativa incluye tres volúmenes de cuentos, entre los que se hallan relatos singularmente profundos como "Sangre Azul", "La pampa florecida", "El secreto de Pedro Idel" y "Teresa".
Sus obras, tanto las dramáticas como las narrativas, a la luz del tiempo, cobran extraordinaria grandeza e importancia. La poética subyacente a su obra revela un rechazo a la estética realista que predominó en la literatura de la segunda mitad de los años cuarenta y la primera de los cincuenta. En este sentido, se aprecia en su trabajo una voluntad -compartida con los demás integrantes de la generación del 50- de renovar las letras nacionales. Su poética hace eco asimismo de las preocupaciones de la literatura de su época, influida fuertemente por el existencialismo. De este modo, problemas como la muerte, la incomunicación y la soledad del hombre, suelen estar presentes en sus obras. Sus personajes suelen verse enfrentados a dos modos opuestos de existencia: vivir en función de los bienes materiales, atados a las exigencias que ello conlleva o, bien, relacionarse con el mundo de una manera libre y creativa. Es allí donde afloran el amor, la esperanza y la fidelidad, como se aprecia en El Tony Chico o en su única novela, Puerta de Salida.
Investigadores como Norma Alcamán, Teresa Cajiao Salas y Eduardo Thomas, han dedicado extensos trabajos al análisis de la poética heiremaniana. Allí se resalta la angustia existencial como una constante temática, vinculada a la frustración y el desencanto que experimentan personajes abatidos por los dictámenes de la sociedad.
Vía: Memoria Chilena
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