1.-
Uno de los rituales fúnebres más hermosos, más solemnes y sorprendentes, son los funerales nocturnos de los bomberos. Por eso, cuando estaba en el cementerio 3 de Playa Ancha cazando historias paranormales y uno de los panteoneros, generosamente me comenta que a eso de las 21 horas el cementerio iba a recibir a uno de los más ilustres miembros de la 12° compañía de Playa Ancha, no me quedó de otra que una espera larga que, como siempre en estos casos, valdría la pena.
Cabe mencionar que cuando me enteré del entierro, no eran ni las cuatro de la tarde. Pero no faltó qué ver ya que, luego de un fin de semana largo, ese día ocurrieron 4 funerales en mausoleo y uno en tierra, sólo en el Cementerio 3.
En uno de esos funerales incluso pude presenciar un accidente de tránsito de una veterana de esas que uno se pregunta cómo diablos conduce un auto si, con la edad que tiene, con suerte podría manejar con cautela el peso de sus años. La señora hizo mierda el parachoque y la tapa de una rueda contra un mausoleo y ni siquiera dejó una tarjeta por lo del seguro. Menos mal que el residente ya estaba fallecido o se habría indignado muchísimo ya que le estropeó las baldosas de la entrada; pero eso es otra historia.
El caso es que, a pesar de que la espera fue larga, tuve la suerte de presenciar “la vida cotidiana” que escapa de nuestra percepción cuando vamos al camposanto.
Cómo los visitantes van abandonando de a goteras el lugar; cómo se cierra la pérgola hasta quedar en el más absoluto silencio; la hora en que el acomodador de autos, como el más solemne de los oficinistas de la bolsa, ya se retira a su casa; el momento en el que las marmolerías cierran, al igual que los locales que proveen de refresco y alimento a los visitantes. Así, los motes con huesillo de “Don Sergio” dejaron de circular, tal como los sandwich del negocio de "Don Pedro" que está al fondo (o a la entrada, según estés llegando o saliendo).
Y al final la noche y el silencio.
Un par de guardias aparecieron de vez en cuando a mirar con sospecha esta “guardia” que estaba haciendo, pero sin hacer preguntas.
Y luego vino el proceso inverso.
Lo primero que llegó fue una bomba de escalas y rescate que, según me contaron, son las unidades encargadas de alumbrar el camino en estos casos.
Después un carro estilo “zapatilla” de los pacos, pero de color amarillo, que decía “Bomberos” al revés para que pueda ser leído a través de un espejo. Adentro venían Bomberos con trajes de gala. Uno de ellos traía un montón de medallas consigo.
Inevitablemente se me viene a la cabeza la idea de estos imanes gigantes en una grúa que aparecen en los monitos para llevarse los autos. Pienso en si un imán así podría llegar a suspenderlo en el aire, y en ese pensamiento entiendo que ya tengo montado sobre los hombros el peso de ese tipo de cansancio que te convierte en una pelotuda.
Comienza a prepararse todo para el arribo del cortejo. Para seguir haciendo llevadera mi espera, comienzo a conversar con la gente que va llegando. Voy haciendo preguntas sobre la persona que vienen a despedir.
Se trataba de un personaje muy querido y para la institución muy importante. Eso lo vería después gracias a la enorme cantidad de gente que llegaría, emocionada, a despedirlo.
En este contexto de lágrimas y de tradiciones; de uniformes y pequeñas antorchas, llegó de cajón la pregunta:
¿Por qué los funerales de bomberos se hacen en la noche?
Escuetamente pregunté por aquí y por allá, en la medida en que la circunstancia lo permitió y la respuesta fue siempre la misma (muy superficial por lo demás): “Ocurre hace tiempo, Chile estaba pasando por un proceso político complejo que establecía toque de queda. En ese contexto, falleció un bombero de acá de Valparaíso y como no podían haber aglomeraciones de gente, los bomberos pidieron permiso para realizar el funeral como correspondía; sin embargo, esa autorización fue negada y por ello, decidieron enterrarlo por la noche, con los honores correspondientes”.
Sin embargo, al llegar a casa y al comenzar a reunir los datos, me di cuenta de que la historia dice otra cosa.
2.-
Corre el año 1859 y Chile está pasando por una encendida revolución que comienza a revestirse peligrosamente de guerra civil.
Son varios los sectores ciudadanos que se encuentran atacando al gobierno de Manuel Montt por las causas de siempre: excesivo autoritarismo. La gente clama porque se imprima una línea más liberal y en conformidad a los tiempos, en sus iniciativas.
Este proceso revolucionario está siendo comandado por un rico empresario minero de Copiapó, el líder liberal Pedro León Gallo (considerado muy peligroso por sus ideas demasiado avanzadas en lo político y en lo religioso ya que su movimiento era notoriamente anticlerical).
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| Pedro León Gallo |
A pesar que los postulados de los Cuerpos de Bomberos existentes en el país disponen que no se debe discutir de política ni de religión, las pasiones y los sentimientos han superado los límites de la razón y de la lógica y la opinión partidista prolifera entre sus miembros, como sucedió en casi todas las instituciones del país.
Lamentablemente los voluntarios de la 3° Compañía de Valparaíso están en la mira. Son vistos como “antigobernistas” ya que el director es don Ángel Custodio Gallo Goyenechea, hermano del acaudillado Pedro León.
Ángel Custodio es encarcelado junto al Capitán y al Teniente 3°; Dadas las circunstancias, otros oficiales deben ocultarse, o arrancar como lo hizo el secretario quien parte rumbo al Perú. Se trata de un caso de vida o muerte.
En el libro de Guardia de la Compañía se registra con fecha 3 de febrero de 1859 lo siguiente:
“Tenemos que lamentar la desgracia de la pérdida de uno de los miembros de la Compañía que ha sido extraído hoy de la casa del cónsul americano. También hay otros que están ocultos, de los cuales ya no tenemos esperanza alguna, para que nos acompañen en nuestro trabajo y fatigas. Que la felicidad y buena estrella los acompañen por doquiera que se encuentren”.
En estos días de congoja y persecución política muere de una enfermedad fulminante el voluntario Domingo Segundo Espiñeira. Las autoridades niegan el permiso para que la Compañía reúna a sus miembros con el fin de asistir a sus funerales.
Sin embargo, es espíritu de lucha y de sacrificio, además de la indignación reinante, les da coraje. Deciden exponerse a pesar de todos los riesgos. La lealtad hacia un hermano de ideales está por sobre cualquier amenaza.
Los bomberos tercerinos se ponen de acuerdo para efectuar los funerales en la clandestinidad de la noche, y así lo hicieron.
Por supuesto que esta noche veraniega del 3 de febrero, no brillan los cascos ni relucen el dorado de las medallas; sin embargo cada voluntario asistente es portador de una refulgencia épica que la representa un humilde chonchón para no llamar demasiado la atención pero que, junto con alumbrar el camino, es la última luz que recibe el hermano Espiñeira, antes de adentrarse en el oriente eterno.
Esta es la primera vez que se celebra una tradición que se perpetuará. La necesidad y la valentía le abre paso a una tradición que será replicada en el futuro por los Bomberos de todo Chile. Los asistentes esta noche, de alguna forma misteriosa lo presienten.
3.-
El relato anterior parece épico. Hasta me emocioné mientras lo escribía y no pude dejar de leerlo en mi mente con la voz solemne y un poco sobreactuada de Santiago Pablovic. Sin embargo, lo cierto es que la historia es un poco distinta, dadas las costumbres de la época.
Lo habitual era que los difuntos fueran trasladados durante la noche al cementerio, para proceder a su sepultación durante la mañana y solo extraordinariamente y ante funerales de gran pompa dicho traslado se efectuaba durante el día, como aconteció meses antes del fallecimiento de Espiñeira, con los funerales del primer mártir de bomberos, Eduardo Farley, Teniente 3º de la 1ª Cía. de Hachas, Ganchos y Escaleras “Unión” de la antigua “Asociación contra Incendios de Valparaíso”.
A saber, en el año 1824, con las firmas del Director Supremo Ramón Freire y del Ministro de Gobierno Francisco Antonio Pinto, a treinta y un meses (31) de la instalación del Cementerio General de Santiago, se publicó el "Reglamento del Panteón General de Santiago de Chile" que reformó varios artículos que se encontraban en la Ley provisoria de su origen, destacándose en el numeral 27 del capítulo 3° lo siguiente:
"Antes que asome la claridad del día (hora también destinada para los viages de la casa) harán el suyo los hospitales con los cuerpos de los que hubieren fallecido el día anterior, sin dejar alguno para despues, á menos que lo impida causa extraordinaria, como una operación anatómica que no pueda hacerse en ese día: el militar tendrá su ruta precisa por la calle nombrada del Peumo á la de San Pablo en rectitud hasta tomar el Puente; el de San Juan de Dios y mugeres por la calle del Cerro de Santa Lucía por dirección á la Alameda, y de allí al Puente por la via mas inmediata á la muralla del tajamar". (Copia textual, con ortografía de la época).
El reglamento del Cementerio General de 1832, hacía explícita mención al punto de los horarios:
Art.20. La conducción de los cadáveres será en todo tiempo desde las doce de la noche hasta las siete de la mañana. Se prohibe depositarlos aun momentáneamente en los templos, capillas, deprofundis, o cualquiera otro lugar que no sea la misma casa mortuoria.
¿Por qué establecer ese horario?.
Pareciera ser que desde un comienzo, acostumbrada la memoria colectiva a vincular la muerte con el recinto de la iglesia, no se concebía un acto de funeral público que fuese llevado a la luz del día. Por ello las disposiciones legales apuntaron a restringir los entierros a ciertas horas en las cuales, supuestamente, el resto de la ciudadanía no podía ver el desarrollo de tal espectáculo.
Art.5. La conducción de los cadáveres se hará desde las doce de la noche hasta las cinco de la mañana en los meses de noviembre i siguientes hasta fin de marzo, i desde la misma hora hasta las seis de la mañana en los restantes del año.
Se desconoce en qué momento del siglo XIX cambiaron las costumbres relativas a la hora de las correspondientes inhumaciones, pero es posible darse cuenta que en pleno conflicto secularizador de los cementerios (1883) los horarios eran más adecuados.
Los datos dados en el reglamento del Cementerio General de Santiago lógicamente se extrapolaron a los demás cementerios del país, pues así se ha podido comprobar con el de San Felipe y La Calera.
Con relación a los cementerios de Valparaíso podemos ver la ruta descrita del cerro Panteón al cerro Bellavista, en referencia los entierros en los Cementerios 1 y 2, así como también en el de los Disidentes, señala textualmente lo siguiente: “Un dato curioso es que los extranjeros podían ser sepultados de día, mientras que los entierros de los nacionales se efectuaban en la noche."
Esta tradición duró hasta 1870.
Sin embargo la tradición bomberil de enterrar a sus muertos al atardecer, con un desfile de antorchas; bandas que tocan aires marciales; el relucir de bronces, carros y medallas, continúa hasta el día de hoy, siendo una de las tradiciones más hermosas y conmovedoras de la región.
Particularmente en el caso de Valparaíso; donde los incendios son un peligro tan latente y devastador -como en centroamérica los huracanes o en Estados Unidos, los tornados- es un momento de recogimiento para la labor de estos voluntarios que -de no existir- Valparaíso tampoco.
Seríamos una ciudad condenada a levantarnos de los tizones. Una suerte de ciudad Fénix, que sólo muere para nacer otra vez, sabiendo que volverá a morir en un círculo eterno.
Lo más conmovedor de estos episodios es ver las manos de estos hombres y mujeres portando en sus manos -acostumbradas a las hachas y pitones- unas modestas y humildes antorchas que, acompañan a la muerte.
El personaje en la cámara, con estas tremendas fotos: Arturo LedeZma
Nos gusta verte por acá en Fisura, por eso:










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